Es muy difícil progresar cuando la dirigencia —política y económica— está más preocupada por mirarse el ombligo que por resolver los problemas de fondo.

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Siempre aparece el ejemplo del “Pacto de la Moncloa”, como si hubiera que cruzar el océano para entender qué hacer. No hace falta. Uruguay y Chile resolvieron muchas de sus crisis hace décadas, con acuerdos más simples, decisiones firmes y una dirigencia dispuesta a asumir costos.
En Argentina seguimos haciendo lo mismo y esperando resultados distintos. Lo más parecido a una locura colectiva.
Una dirigencia que no revisa lo hecho, que no corrige, que no se hace cargo. Y del otro lado, un sector económico muchas veces prebendario, que tampoco toma las decisiones de fondo que la industria necesita para ser sustentable en el tiempo.
Pero Argentina no solo está estancada económicamente. También está estancada en valores.
Desde una profesional sin título, un ingeniero sin obras, un docente universitario que sobrevive trabajando de noche, hasta un economista con doctorado honoris causa pero sin tesis real. Estamos estancados en conducta, en ética y en reglas de juego.
Somos un país embarrado, confundido, que naturalizó el desorden.
Y así, salir del pozo no es difícil… es casi imposible.
El ejemplo más claro está en el ahorro. Los argentinos construimos un sistema financiero paralelo fuera del sistema formal: dólares debajo del colchón o en el exterior.
Se estima que hay más de 300 mil millones de dólares fuera del circuito financiero, en una economía cuyo PBI ronda los 646 mil millones y donde casi la mitad funciona en la informalidad. No hay muchos casos comparables en el mundo.
Eso no es casualidad. Es la consecuencia directa de décadas de defaults, confiscaciones y pérdida total de confianza.
Cuando el sistema no funciona, la gente se protege como puede.
Pero el problema es aún más profundo. No es solo político. No es solo económico. Es cultural.
La lógica del atajo, de la trampa, de la ventaja rápida. Coimas, favores, excepciones. Prácticas que todos conocen… y demasiados toleran.
Ahí está el verdadero límite: no hay modelo económico que funcione sobre una base social que no respeta reglas.
La responsabilidad es compartida.
Dirigencia política, empresarios y ciudadanos. Nadie queda afuera. Este es el sistema que construimos —o permitimos— todos los días.
Si no cambiamos eso, no hay programa económico que alcance.
Y lo más preocupante es que nuestros nietos van a seguir discutiendo exactamente lo mismo.
Argentina tuvo una oportunidad de ser. Y todavía la tiene.
Pero no con las mismas conductas.
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