Un nuevo episodio de violencia verbal en el fútbol infantil volvió a encender las alarmas en Río Gallegos y reabre un debate que atraviesa a todo el deporte: el rol de los adultos y la necesidad de formar en valores desde las bases.
El hecho se produjo en el marco de una semifinal, donde, según denunciaron desde el entorno del equipo Rosales, un niño de 12 años —arquero del equipo— fue víctima de agresiones verbales por parte de adultos presentes en la cancha.
La situación fue expuesta públicamente por la madre del menor, quien manifestó su indignación en redes sociales:
“Se perdió la semi, pero se gana en valores. Es una falta de respeto lo del Club Boxing y digo club porque los padres son parte de esto. Discriminar, presionar y no mirar que son niños todavía hace que el fútbol infantil atrase”.
En la misma línea, cuestionó con dureza el accionar de los adultos:
El profesor y director técnico de Rosales, Mauro Rosales, también se expresó en los mismos términos, remarcando la gravedad de lo ocurrido:
“Hoy mi arquero sufrió un acto de violencia verbal enorme. Nosotros como escuela tratamos de dar esa educación de valores y entendimiento de los resultados.»
«¿Para qué? Para que después venga un grupo de adultos a tirarte todo tu trabajo a la mierda. Basta de estas cosas, repudio total este tipo de actos. Gente grande faltándole el respeto a niños de 11 y 12 años que solo estaban jugando un partido de fútbol. Después dicen ser el semillero y que trabajan desde las bases. Son una vergüenza”.
Más allá del resultado deportivo, el episodio vuelve a poner en discusión el verdadero sentido del deporte en edades formativas. El fútbol infantil no solo es competencia: es formación, aprendizaje y construcción de valores.
Especialistas y formadores coinciden en que el respeto hacia árbitros, rivales y compañeros debe ser el eje central. Sin embargo, situaciones como esta reflejan una problemática creciente: la violencia generada por adultos que, lejos de acompañar, trasladan presión y agresividad a los más chicos.
Porque si desde las tribunas se naturaliza el insulto, la descalificación o la falta de respeto, el mensaje que reciben los niños es claro. Y ese es el verdadero riesgo: que la violencia se vuelva parte del juego.
El desafío, entonces, no es solo formar buenos jugadores, sino mejores personas. Y eso empieza, inevitablemente, por el ejemplo de los adultos.

