Ayer, al mediodía, en plena plaza pública, una persona en evidente estado de ebriedad fue abordada por cuatro efectivos policiales: tres hombres y una mujer. Lejos de actuar con profesionalismo, lo redujeron de manera brutal. El hombre, claramente indefenso por su estado, no pudo resistirse ni defenderse. Mientras la única mujer del grupo intentaba que sus compañeros aflojaran los golpes, los tres efectivos masculinos continuaron agrediéndolo con violencia desmedida. Finalmente, fue detenido.
Horas después, la realidad volvió a golpear a la vista de todos: un robo a plena luz del día en la avenida Kirchner, frente al edificio de Servicios Públicos Sociedad del Estado, en el corazón del microcentro de Río Gallegos. Una mujer fue víctima del arrebato de su teléfono celular por parte de un delincuente que se desplazaba en bicicleta. El agresor escapó sin inconvenientes y la víctima debió ser asistida por vecinos mientras realizaba la denuncia.
Los hechos se acumulan y la pregunta es inevitable: ¿dónde está la Policía?
¿En las calles cuidando a la ciudadanía o encerrada en “cursitos” de protocolo, financiados con fondos públicos, mientras no hay un solo efectivo patrullando, aunque sea gastando borcegos?
La inseguridad ya no distingue barrios. Hoy golpea en el centro, en las zonas más transitadas, a plena luz del día. Y mientras tanto, la respuesta del Estado es la ausencia, la improvisación y la violencia mal dirigida.
A este escenario se suma una problemática gravísima: las drogas y su avance entre los jóvenes. En el marco de los festejos por las fiestas de egresados, hace apenas unos días, en un boliche ubicado sobre la calle Magallanes, varios adolescentes terminaron drogados. Al hablar con algunos de ellos, relataron no recordar lo ocurrido: de un momento a otro se sentían perdidos, desorientados, sin noción del tiempo ni de lo que había pasado. Esto no es un hecho aislado, es una alarma encendida que nadie parece querer escuchar.
La problemática de las drogas es un peligro real y concreto para la juventud, y la falta de controles, prevención y presencia del Estado agrava aún más la situación.
Esto es una vergüenza más de un Gobierno provincial que parece haber perdido el control. A la inseguridad se le suma el avance de la droga, la violencia contra las mujeres y un verdadero desastre en el área de Niñez. Sobre este último punto, en los próximos días se conocerán datos aún más graves: hay menores desaparecidos y responsabilidades directas de quienes están al frente del Ministerio de Desarrollo Social.
El problema ya no es solo la inseguridad. El problema es un Estado que no cuida, no previene y, cuando aparece, muchas veces lo hace de la peor manera.

