Durante años Claudio Vidal construyó su discurso político denunciando el endeudamiento, cuestionando la administración de los recursos públicos y señalando que los gobiernos anteriores habían hipotecado el futuro de Santa Cruz.
Sin embargo, la realidad parece haber alcanzado al propio gobernador.
En medio del conflicto salarial que atraviesa a la Policía, los docentes y distintos sectores de la administración pública, Vidal reconoció que el reclamo de los trabajadores es justo. Lo llamativo no fue esa afirmación, sino la solución que planteó: pedir asistencia financiera, adelantos de fondos y reclamar las mismas herramientas que utilizaron los gobiernos que durante años criticó.
La escena no deja de ser paradójica. Quien llegó prometiendo una administración diferente, sin excusas y con una gestión austera, hoy parece recurrir exactamente a los mismos argumentos que cuestionaba cuando estaba del otro lado del mostrador.
«Todos los gobiernos de las últimas décadas tomaron deuda»
justificó Vidal. Una frase que contrasta de manera brutal con los discursos que sostuvo durante años, cuando responsabilizaba a las gestiones anteriores por cada problema económico de la provincia.
La pregunta es inevitable: si endeudarse era una mala política cuando gobernaban otros, ¿por qué ahora se transforma en una herramienta necesaria?
Mientras los salarios llevan más de seis meses congelados, las paritarias se postergan sin propuestas concretas y los conflictos se multiplican en toda la provincia, el Gobierno parece haber descubierto que administrar Santa Cruz es mucho más complejo que hacer campaña.
Los policías reclaman en las calles. Los docentes profundizan las medidas de fuerza. Los estatales esperan respuestas. Y ahora el propio gobernador admite que necesita fondos extraordinarios para afrontar la situación.
Lo que antes era incapacidad de otros, hoy se presenta como una necesidad inevitable.
La famosa «pesada herencia» que Vidal utilizó como argumento durante dos años parece haber mutado en algo más incómodo: la realidad de una gestión que prometió ser distinta y que, frente a la primera gran crisis salarial de su mandato, termina apelando a las mismas recetas que tanto condenó.
Como suele decirse en el campo: cuando la gata Flora no se la ponen grita y cuando se la ponen llora.
Durante años criticaron la deuda, los adelantos financieros y la asistencia extraordinaria. Hoy, desesperados por conseguir recursos para apagar los incendios que crecen en toda la provincia, piden exactamente lo mismo.
La diferencia es que ahora les toca gobernar.

