
“El corte de ruta es una forma directa de enfrentar al poder. Ese poder que todos los días nos condena al hambre, que mata a los pibes, que vacía los hospitales, que hace que falten remedios, que deteriora la educación porque sabe que si nos educamos, podemos enfrentarlo con conocimiento. Por eso nos quieren ignorantes. Cortar una ruta es hacer algo para cambiar esta realidad”, decía Darío Santillán, parado al costado de una ruta, mientras luchaba por un país más justo.
El 26 de junio de 2002, la voz de Darío y la de Maximiliano Kosteki fueron silenciadas por el Estado. A 23 años de la Masacre de Avellaneda, seguimos construyendo memoria y exigiendo justicia. Contra la impunidad, elegimos recordar cómo vivieron.
Alberto Santillán, padre de Darío, recuerda con emoción:
“Si mirás las imágenes, cuando Darío vuelve a la estación, lo primero que hace es tomarle el pulso a Maxi. Fue un acto reflejo. A los 15 años había hecho un curso de primeros auxilios. Todo tiene un sentido. Es como si estuviera marcado por algo. Sabemos cómo murió Darío, cómo lo mataron. Pero lo más importante es recordarlo como vivió. No hay nada que se compare con eso. Nos quedamos con el Darío vivo, el Darío cabrón, el que se reía, el que jamás dejaba solo a ningún compañero, menos a los pibes. Aprendí que en la lucha también hay alegría. Y hay honor. No tenemos nada de qué escondernos. Al contrario: estoy orgulloso de mi hijo”.
Darío y Maxi viven en cada lucha, en cada marcha, en cada bandera que se levanta con dignidad. Porque la memoria no se calla. Porque la justicia todavía espera.